Hechos

El cielo había pasado de naranja a gris en el mismo tiempo que tardamos en recorrer en moto las pocas calles que nos separaban de la estación. Allí, autobuses, despedidas, tú y yo. El tiempo había pasado tan rápido desde la primera vez que aquella parecía la primera vez que nos separábamos. Y no sabíamos muy bien si hacerlo con media sonrisa, abrazarnos fuerte o intentar aparentar que nada era para tanto. Pues bien: un minuto después todo era para tanto y para todo.

Qué pocas ganas tenía de irme. Y qué rápido estaba al otro lado del cristal. Rápido, como todo y como siempre. Rápido como las cosas que pasan y se te llevan el corazón mientras tú aún no has dejado de temblar los nervios del primer beso. Rápido arrancó el autobús y giré la última esquina que perdía de vista tu pelo. Y así terminó de empezar todo. Yo volvía y te pensaba. Tú volvías y me escribías. Yo volvía y te escribía. Tú volvías y me pensabas. Yo volvía y ya te quería. Tú…

En fin, qué más da. Los hechos fueron esos y esos volverán a ser. Volverán antes de que volvamos a no saber ni ser, ni sentir, ni pensar o imaginar, ni doler. Porque sí, la vida duele. Pero, ya puestos, mejor que duela de verdad.

Lo que creímos

¿Qué dirán de nosotros?

Seguramente dirán que lo teníamos todo. Y que fuimos imbéciles.

Seguramente, algunos dirán que crecimos de pequeños y que nos equivocamos miles de veces. Que fusilamos nuestras ganas. Que nos dejamos llevar por la madrugada y las noches sin dormir. Por las copas de más y las miradas borrosas. Por la esencia del nunca jamás y quizá sí para siempre. Por la ilusión desvanecida y el falso recuerdo de lo que pudimos ser.

Dirán también que fue mi culpa. Que te eché de mi casa y encerré tu esencia donde nunca nadie pudiera encontrarla. Ni siquiera yo. Dirán que nos despedimos y cerré la puerta. Dirán que te fuiste. Dirán que te fuiste de verdad. Y no mentirán.

Mentiremos nosotros en cada descuido y cada frase inesperada. Cada vez que olvidemos que el rencor pudo con todo y el orgullo fue más fuerte que mi portazo, si es que hubo. Mentiremos como sólo nosotros sabemos hacer. Nos amaremos como sólo nosotros sabemos hacer. En silencio, de manera intermitente y de lejos. En un constante y peligroso equilibrio. En mitad de la locura y los días grises. En la vaga sensación de aquellos besos lentos. En mis manos. En tus caderas. Y en todo eso que nos dejamos a medias como la noche que nunca cerramos porque amanecimos despiertos.

Echando de menos el mar. Y conducir.

¡Qué jodido es vivir!
Y parecía fácil.
Y lo sería,
de no ser porque,
aunque no lo creamos,
caminamos siempre perdidos.

Dejar que te mate lo que amas
no es ninguna locura.
La locura es,
precisamente,
morir a manos de lo que más odias.
O morir sin darte cuenta,
que viene a ser lo mismo.

Cobardes.

Perseguid eso que el dinero jamás os podrá dar.
Aunque muráis en el intento.

A quién pretendo engañar…
Cobarde. Echo de menos el mar.
Y conducir.
Y aquí estoy,
reencontrándome en el silencio de muchos paseos largos
y el insomnio de un incómodo sofá.

Echándote de menos.

Tú y tus matices

Algunas veces soy un imbécil.

Algunas veces la única cosa que me hace feliz es saber que habrá cervezas y rock and roll cuando llegue. Aunque vaya contigo.

Algunas veces necesito que alguien como tú me mande a la mierda.

—He llegado a tres conclusiones, pero no he elegido ninguna.

—¿Y cuáles son?, ¿sí, no y me da igual?
—Me da igual es la mejor, pero no me sirve. Y las otras… en fin. Hay demasiados matices que hacen que el sí no sea un sí y el no no sea un no. No sé.
—Pues, ¿sabes qué? Vete a tomar por culo. Tú y tus matices.

Algunas veces soy un imbécil. Pero otras me río tanto que quiero volverte a ver.