Y luego tú

Aquella ciudad tenía la fea costumbre de amanecer de forma prematura. Era una ciudad que daba a los fugados el tiempo justo de oscuridad para que intercambiasen secretos y confesiones. Y a nosotros no nos trató diferente.

La luna lo sabía desde las 8. Nosotros no teníamos ni idea. Sin darnos apenas cuenta, nos bebimos las horas separados hasta las 4 de la mañana. Entonces la música dejó de sonar y la gente empezó a salir. Alrededor, todos y nadie. Y cada vez más nadie y menos todos. Y luego tú. Apareciste y te ofrecí mi cerveza. Nos estaban echando de aquel bar, pero nosotros habíamos decidido que nuestra noche acababa de empezar y nos sentamos encima de una mesa. Nos miramos, discutimos, nos reímos, terminamos la cerveza, o alguien nos la quitó, qué sé yo. Cerramos el bar y nos fuimos.

Tú tenías prisa. Yo iba perdiendo amigos. Nos escapábamos pero en tiempos diferentes. Y desapareciste cerca del mar. Me acerqué y, justo cuando estaba a punto de tirarme de cabeza, una ola te devolvió a mi lado. Y nos volvimos a mirar, discutimos, nos reímos, me ofreciste tu coche y acepté antes de que terminaras de hablar.

Me llevaste a casa sin saber dónde vivía. Yo tampoco te lo quise decir. ¿Paro aquí? Sí, para. Toda la noche por delante y los asientos de tu coche. Cerramos el pestillo en un intento inútil de parar el tiempo. Y nos miramos. Ahí creo que sí conseguimos detener el segundero. O fue que se me grabó aquel segundo en tu pupila. Pero pestañeaste y me desperté. Seguimos hablando. Entre preguntas aparecían sorpresas y el pasado se convirtió en un laberinto. Detrás de cada esquina había una palabra. Lo recorrimos juntos, recogiéndolas todas y formando las frases que nos llevarían a mirarnos los labios. Al menos, yo lo hice. Y bastó medio segundo preguntándome a qué sabrían para que la noche se fuera como si nunca hubiera estado. Como si aquello nunca hubiera pasado. Como si estuvieras sola en tu coche. Como si nos conociéramos de toda la vida. Con naturalidad, arrancaste de nuevo y me llevaste, esta vez sí, a casa.

Y por el camino nos miramos, discutimos, nos reímos y nos acercamos sin movernos del sitio. Los semáforos nos regalaron minutos. Pero en la última esquina de nuestro laberinto estaba la puerta de mi casa y tú la encontraste. Y las preguntas se hicieron ganas y las dudas más intensas.

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2 comentarios en “Y luego tú

  1. Me encantan las historias con laberintos, sitios que pretendes buscar para no encontrarlos, y segundos que se paran, o uno se para en ellos, sin que por ello sean los previos a la pasión o a nada obvio y grande, sino simplemente son, para uno, importantes. Y los recuerdas.
    Me gusta el ritmo de tus palabras en medio del aire despistado pero permeable a todo lo que está pasando por los sentidos. Relatos veraces a una forma de recordar, me parecen.

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