Cuando me fui

Difícilmente podré desvincular aquel rincón de mar, alumbrado por la luna, de esos ojos verdes que se teñían de azul cuando a ellos les convenía. Difícilmente podré bordear ese insignificante pedacito de costa sin repasar todas y cada una de las palabras que intercambiamos sobre aquellas piedras. No creo que pueda, tampoco, sentarme a escuchar con los ojos cerrados cómo las olas vienen y van sin echar de menos el calor de tus labios o la suavidad de tu chaqueta. Y eso por no hablar de la cena.

Y es que hay un paisaje para cada pensamiento. Un lugar para cada recuerdo. No era mi primera vez en aquella cala. Tampoco me he parado a decidir si fue la más especial. Es, simplemente, la que se grabó en mi memoria por delante de todas las demás. Y así, allí, es como te recuerdo. No importa adónde fuéramos después. No importa de qué color fueran tus sábanas o qué champú utilizaras. No importa que no supiéramos manejar las palabras, ni los silencios, ni las miradas.

Nada de eso importa, porque seguimos en aquella playa.

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