Quién sabe

Me duele la cabeza. Me duele no entender. O sí y no querer.

Podría decir que todo fue muy extraño, podría decir que no me lo esperaba. Podría decir que tampoco lo quería, podría mentir hasta mañana. Pero lo cierto es que lo echaba de menos. Que los meses pasaron para los dos desde que me fui. Y que, durante ese tiempo, tú buscaste y yo no encontré. Da igual. Podría decir que te veía a menudo, en fines de semana salteados, y tú nunca dejabas de sonreír. Podría jurar que, a pesar de todo, te alegrabas de verme. Y yo también. Porque si sabía que andabas cerca, no podía evitar buscarte. Porque cada vez que te ibas, me preguntaba hasta cuándo. Aunque al día siguiente lo hubiera olvidado.

Pero aquella vez fue distinta. No sabía que estabas allí, tampoco te esperaba. Pero me enteré y te fui a buscar. Y tú volviste a sonreír e intentar hacerme sentir mal con esos pequeños dardos de pasado que te gusta lanzar. Esa vez no los esquivé. Estaba tranquilo, hasta que me besaste. Tampoco lo esquivé, la segunda vez.

¿Y ahora qué?

Al día siguiente no lo había olvidado. Ni tú. Ni esta maldita ciudad, que decidió acompañarnos en el todo y nada con gotas de lluvia caliente en los cristales de nuestras gafas de sol. Ésas que llevábamos para no mirarnos. Ésas que nos quitamos cuando dejó de llover.

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