Dijiste

Aunque te esforzases en que pareciera lo contrario, me tenías ganas. Tus labios no iban a soportar un apretón más entre tus dientes y yo tampoco iba a ser capaz de quedarme parado. Nos la estábamos jugando entre un montón de gente y las cervezas que contaban las horas de aquella tarde. Se nos hizo tan larga que llegamos al punto de no retorno, el momento de no recuerdo, aquél en el que nos quedamos solos. Solos, entre un montón de gente. Y se nos hizo tarde. Tanto, que la tarde dejó de ser tarde y la parada del metro se presentó cerca, pero no en el tiempo.

Nos detuvimos en las escaleras. Hablamos de todo y de nada. Sobre todo de nada que pudiera recordar. De nada que fuera interesante. Cualquier excusa era buena para no irse a casa. Los minutos empezaron a darnos vueltas y las cervezas nos dieron la licencia para tropezar el uno con el otro y reír. Hasta que te mordiste de nuevo los labios y tiraste de mi bufanda para tenerme cerca. Supongo que me tocaba a mí. No dejabas de mirarme. Yo no dejaba de sonreír. Miento, lo hice en cuanto no pudiste más. En cuanto te dejaste de morder los labios para arrancarme los míos. A la mierda la gente.

Dos pasillos en el metro, tropezando, riendo, y un cruce. Volviste a tirar de mi bufanda.

–Vamos a mi casa–. Dijiste.

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