La noche que octubre empezó

Desgraciada imaginación, ¿a qué has venido? Déjame, déjame en paz. Esta noche no estoy para soportarte. Vete por la ventana. Esa ventana en la que te imagino. No…

Vuelves a ser la compañera más fiel de la noche contando los coches que pasan por tu calle. Uno detrás de otro. Sólo se te escapan algunos cada vez que te giras para mirarme con ese esbozo de sonrisa que se adivina en tu cara. Pero te mantienes seria. Aún tienes el teléfono en la mano y la conversación a medias. Igual que mi cerveza Amsterdam. Vaya lata, podrías estar hablando durante horas que yo seguiría admirándote y mi lata por la mitad, cada vez más caliente. Mires donde mires, esta noche estás genial.

Venga, que no lo decía en serio, deja ya el teléfono. Sé que lo estás deseando casi más que los 1500 kilómetros que he recorrido para verte. Me gusta tu habitación. Especialmente que la cama sea tan pequeña. La miro inocentemente y casi con miedo de que me descubras. No soy capaz de contar la cantidad de horas que pasaríamos en ella. Ni días, semanas o meses. Ni risas, besos, abrazos, sueños, lágrimas, botellas de vino y ganas. Muchas ganas. De todo.

Maldita sea, cuelga de una vez y cierra esa ventana, que cada coche remueve un poco más el aire y está entrando el frío. Corre las cortinas, pero deja las opacas recogidas. Adoro que no tengas persiana. Mañana el sol dirá.

 

Y el sol me dijo que perdiera el avión. Y que contase los coches que pasaban por tu calle, contigo, una noche más.

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