Ni siquiera las estrellas

Cómo nos gustaba compartir la inocencia que sabíamos que no teníamos. Podíamos pasar horas disfrazadas de minutos cada noche mirando el mar mientras nos descubríamos. Tú decías esto, yo contestaba lo otro. Y casi siempre estábamos de acuerdo para reírnos. Luego yo señalaba el reflejo de las luces en el agua, que se alargaban naranjas y buscaban el horizonte, y te miraba a los ojos. Recorría entonces tus labios del mismo modo que aquellas luces el mar. Tú callabas y me adivinabas todo. Menos mal que estábamos fuera del mundo y teníamos el coche cerca. No conozco refugio mejor para aquellas noches de septiembre. Ni siquiera las estrellas.

Siempre fuiste especial. No sabes hasta qué punto. O sí, cosa que explicaría todo. Pero esas noches eran más nuestras que del tiempo y mi coche se acuerda de todo. Fugaz, tal vez. Eso pensaba yo. Pero me equivoqué, a medias. Siempre fuiste especial, demasiado. Pero ser especial ya no es suficiente.

Y sigues callada.

Y me lo adivinas todo.

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