Trescientos siete

Algunos, casi todos, pensarán que estoy loco. Y probablemente lo esté. Más bien quizá lo sea. Puede, también, que haya perdido la cabeza, el juicio, la razón. Aunque yo de esto pienso que la razón la perdimos todos hace tiempo. Concretamente, el día que creímos que escucharnos no serviría para nada. El mismo que comenzamos a engrasar una máquina que no haría sino convertirnos en miserables. Hoy no tengo recuerdos de nada. Hoy no traigo historias de nunca jamás ni de siempre. Hoy estoy enfadado con el mundo. Y no con el mundo en sí, sino con las personas, todas, las que hemos hecho del mundo una mierda y de la vida un sinsentido. Malditos cobardes hijos de puta.

Nunca habrá nada más real que lo que os salga de las entrañas y os queme el corazón. Nada.

Pero, eh, no me hagáis ni puto caso. No os lo hacéis ni a vosotros mismos. Qué se puede esperar.

Os diré lo que se puede esperar:

Se puede esperar a la muerte. Se puede esperar a morir vacíos. Se puede esperar a tirarlo todo por la borda. Y cuando digo todo, me refiero a lo que tiene sentido, no a lo que tenemos. Lo que tenemos, en esencia, no tiene sentido, más allá de la contaminación de unos valores y un sistema podrido de mentiras. Miserables nosotros por creer y hacer crecer esta mierda que nos vacía hasta dejarnos sin aliento, sin vida. Sin verdad. Malditos miserables, digo. Me digo.

Abrid los ojos, joder. Abridlos si aún os queda algo de valor ahí dentro.

Insisto: 

Ahí dentro.

Tópicos

Ya, tópicos.

Soy un poco de todo,
aunque a veces no soy nada.
Me busco y me encuentro.
Hablo conmigo
y a veces dejo de buscarme.
Me pierdo en mi identidad,
me engaño, me lo creo,
me descubro,
me sorprendo.

A veces, de tanto escucharse
uno se vuelve loco.

Es entonces cuando vive.
O cree que vive.
Y vuelta a empezar,
¿quién soy?
Soy un poco de todo,
aunque a veces soy nada.
A veces me vuelvo loco.

A veces, de loco,
me encuentro.

Presente condicional

Qué fácil es creer que el tiempo lo pone todo en su lugar, tanto lo bueno como lo malo. Qué fácil es desentenderse y dejar que el destino haga y deshaga. Qué fácil es creer que si pasó fue por algo. Y que si tiene que pasar, pasará. Qué fácil es pasar de todo. Mirar hacia otro lado, ésa es tu especialidad.

Y qué fácil es creer que no pasa nada, que siempre estaré ahí. Qué fácil es pensar que como yo no hay nadie y que, simplemente por eso, estaré ahí. Porque estoy hecho para estar ahí. Para recibirte, para quererte de verdad, para hacerte sentir bien cuando todo lo demás duela, cuando los demás sean de mentira. Qué fácil es hacer daño.

Y qué fácil es dejarse engañar.

Y qué difícil es quererte, con lo fácil que llegó a ser.

Qué fácil será que todo desaparezca, que ya no esté cuando tú quieras. Tan fácil como lo que me dueles sin necesidad.

Y qué fácil será arrepentirse de todo cuando sea tarde. Qué fácil y qué asqueroso. Tú verás. Yo estoy a un beso de irme para siempre. A un beso, a una duda, a un abrazo por detrás. A una noche más en tu cama. Qué fácil fue hacerte el amor en ella. Y qué difícil lo fue para otros.

Qué fácil es recordar, y qué difícil será.

 

Hola

No, ni tú ni yo lo esperábamos.
En el fondo sí, pero no así.
Así, ¿cómo?
Así.

Así porque no podía ser de otra manera.
Porque mis manos echaban de menos tus lunares.
Porque la playa llevaba tiempo sin vernos.
Porque al final acabamos buscando la cama.

Y sudando.
Y durmiendo.

Y despertando de repente.
Saliendo con prisa.
El último autobús se escapa.

Pero siempre llegamos a tiempo,
incluso llegando tarde.

Y siempre es tan nunca,
que yo prefiero más ahora.

Y que no dejes de reír,
que tu risa me alegra todo.
Que en tus ojos nos veo el reflejo
y son tan bonitos
que de únicos son sólo tuyos.
Y míos a veces.

Que te quiero
y ya lo sabes.

Que ya era hora.

Hola.

Una de esas noches

¿Sabes esas noches en las que huele a lluvia y a verano al mismo tiempo? Ésas en las que todo es un recuerdo y tú nunca te fuiste. Ésas en las que yo soy ayer, mañana y todo lo que quiero. Pues ésta es una de ellas.

Ésta es una de esas noches en las que sólo me apetece estar solo. Una de ésas en las que todo se calma y te pienso desde las sonrisas. Desde las respiraciones profundas. Y cuando no lo hago es porque me he perdido en la invisible línea del horizonte que separa el mar de este cielo oscuro. O en las luces que dibujan el camino que baja de la montaña. O en las gotas que caen como estrellas desde las nubes blancas de este cielo oscuro. O  en el silencio del agua contra el suelo.

O, tal vez, en un montón de pensamientos sin orden ni sentido. Sin saber por qué.

Sólo existe ese momento, fuera del tiempo, porque siempre será el mismo cada vez que vuelva. Y porque los recuerdos, como la lluvia, caen sobre nosotros sin avisar y nos pasan por encima para perderse de nuevo entre un montón. Un montón que se expande, se diluye y se evapora. Que desaparece. Pero que siempre vuelve, con ese olor a verano propio de una tímida noche de mayo.

Asómate a la ventana.

Piérdete.

Recuerda.

Lo estaba deseando

Estaba deseando matarte. Pero en el buen sentido de la palabra. Qué coño, en el único que tiene. Aunque a decir verdad, lo tuyo fue un suicidio. Y de los sonados.

Podría decir que el kamikaze fui yo. Que te conocía y que, a pesar de los años, volví. Que me engañaste y me tuviste. Que vivimos para luego recordar. Que lo fuimos todo sin llegar a ser nada. Que íbamos siendo algo. Que lo di todo y me perdí. Que no tuviste nada mejor. Que siempre estaba para ti. Vamos, que fui un gilipollas. Podría decir todo eso y no me equivocaría. No, al menos, más de lo que me equivoqué cuando creí que merecerías la pena.

Es fácil engañar a un borracho. Y eso tú siempre lo has sabido muy bien. Enamorar tampoco se te da nada mal. Aunque bien es cierto que ambas artes suelen caminar de puntillas y de la mano. Más o menos como lo hacíamos nosotros. Siempre te dije que tenías una forma muy especial de andar. Nunca especifiqué, salvo hoy.

Se me ha hecho un poco tarde, lo reconozco. Siempre me costó decir las cosas importantes. Pero cualquier día es bueno para encender una hoguera.

Cualquier día es bueno para encender una hoguera.
Cualquiera, para cerrarte la puerta en las narices.
Para sacar tus fotos de mi cartera.
Para matarte, por fin.
Para volver atrás y recordar que el kamikaze fui yo.
Que te conocía y te conozco.
Que no mereces la pena.
Cualquiera.

Pienso

Que lo supe desde que te vi,
que no te tenía que haber tocado.
Que viniste y te esquivé,
que mentiste y me esquivaste.
Que me hiciste un gran favor.

Que fuiste un espejismo
hasta que dejaste de serlo.
Que destripamos las noches
y desnudamos las distancias.
Que nos echamos de menos.

Y lo supe desde que te vi,
que no te tenía que haber tocado.

Que no me hice ni puto caso.