Hola

No, ni tú ni yo lo esperábamos.
En el fondo sí, pero no así.
Así, ¿cómo?
Así.

Así porque no podía ser de otra manera.
Porque mis manos echaban de menos tus lunares.
Porque la playa llevaba tiempo sin vernos.
Porque al final acabamos buscando la cama.

Y sudando.
Y durmiendo.

Y despertando de repente.
Saliendo con prisa.
El último autobús se escapa.

Pero siempre llegamos a tiempo,
incluso llegando tarde.

Y siempre es tan nunca,
que yo prefiero más ahora.

Y que no dejes de reír,
que tu risa me alegra todo.
Que en tus ojos nos veo el reflejo
y son tan bonitos
que de únicos son sólo tuyos.
Y míos a veces.

Que te quiero
y ya lo sabes.

Que ya era hora.

Hola.

Una de esas noches

¿Sabes esas noches en las que huele a lluvia y a verano al mismo tiempo? Ésas en las que todo es un recuerdo y tú nunca te fuiste. Ésas en las que yo soy ayer, mañana y todo lo que quiero. Pues ésta es una de ellas.

Ésta es una de esas noches en las que sólo me apetece estar solo. Una de ésas en las que todo se calma y te pienso desde las sonrisas. Desde las respiraciones profundas. Y cuando no lo hago es porque me he perdido en la invisible línea del horizonte que separa el mar de este cielo oscuro. O en las luces que dibujan el camino que baja de la montaña. O en las gotas que caen como estrellas desde las nubes blancas de este cielo oscuro. O  en el silencio del agua contra el suelo.

O, tal vez, en un montón de pensamientos sin orden ni sentido. Sin saber por qué.

Sólo existe ese momento, fuera del tiempo, porque siempre será el mismo cada vez que vuelva. Y porque los recuerdos, como la lluvia, caen sobre nosotros sin avisar y nos pasan por encima para perderse de nuevo entre un montón. Un montón que se expande, se diluye y se evapora. Que desaparece. Pero que siempre vuelve, con ese olor a verano propio de una tímida noche de mayo.

Asómate a la ventana.

Piérdete.

Recuerda.

Lo estaba deseando

Estaba deseando matarte. Pero en el buen sentido de la palabra. Qué coño, en el único que tiene. Aunque a decir verdad, lo tuyo fue un suicidio. Y de los sonados.

Podría decir que el kamikaze fui yo. Que te conocía y que, a pesar de los años, volví. Que me engañaste y me tuviste. Que vivimos para luego recordar. Que lo fuimos todo sin llegar a ser nada. Que íbamos siendo algo. Que lo di todo y me perdí. Que no tuviste nada mejor. Que siempre estaba para ti. Vamos, que fui un gilipollas. Podría decir todo eso y no me equivocaría. No, al menos, más de lo que me equivoqué cuando creí que merecerías la pena.

Es fácil engañar a un borracho. Y eso tú siempre lo has sabido muy bien. Enamorar tampoco se te da nada mal. Aunque bien es cierto que ambas artes suelen caminar de puntillas y de la mano. Más o menos como lo hacíamos nosotros. Siempre te dije que tenías una forma muy especial de andar. Nunca especifiqué, salvo hoy.

Se me ha hecho un poco tarde, lo reconozco. Siempre me costó decir las cosas importantes. Pero cualquier día es bueno para encender una hoguera.

Cualquier día es bueno para encender una hoguera.
Cualquiera, para cerrarte la puerta en las narices.
Para sacar tus fotos de mi cartera.
Para matarte, por fin.
Para volver atrás y recordar que el kamikaze fui yo.
Que te conocía y te conozco.
Que no mereces la pena.
Cualquiera.

Pienso

Que lo supe desde que te vi,
que no te tenía que haber tocado.
Que viniste y te esquivé,
que mentiste y me esquivaste.
Que me hiciste un gran favor.

Que fuiste un espejismo
hasta que dejaste de serlo.
Que destripamos las noches
y desnudamos las distancias.
Que nos echamos de menos.

Y lo supe desde que te vi,
que no te tenía que haber tocado.

Que no me hice ni puto caso.