Adiós

Cobarde,
¿a quién pretendes engañar?

No sabes estar sola,
no te hagas la dura.
No me hables de falsa comodidad
y deja de morderte las uñas.

Deja de mirarme así.
Deja de fingir que me quieres.
Deja que te explique lo que son los caprichos.

Cobarde y mentirosa,
¡maldita sea!
Vete por donde has venido.
Y, escúchame bien:
no vuelvas jamás.

Abrázate al conformismo
cuando rompas a llorar.

Prefiero una cerveza.
Y otras cinco después.
Prefiero escribirte otra vez borracho,
y que sea la última.

No.
Prefiero mandarte a la mierda ahora,
y que sea ésta la última palabra que te escriba.

Adiós.

 

Ni siquiera las estrellas

Cómo nos gustaba compartir la inocencia que sabíamos que no teníamos. Podíamos pasar horas disfrazadas de minutos cada noche mirando el mar mientras nos descubríamos. Tú decías esto, yo contestaba lo otro. Y casi siempre estábamos de acuerdo para reírnos. Luego yo señalaba el reflejo de las luces en el agua, que se alargaban naranjas y buscaban el horizonte, y te miraba a los ojos. Recorría entonces tus labios del mismo modo que aquellas luces el mar. Tú callabas y me adivinabas todo. Menos mal que estábamos fuera del mundo y teníamos el coche cerca. No conozco refugio mejor para aquellas noches de septiembre. Ni siquiera las estrellas.

Siempre fuiste especial. No sabes hasta qué punto. O sí, cosa que explicaría todo. Pero esas noches eran más nuestras que del tiempo y mi coche se acuerda de todo. Fugaz, tal vez. Eso pensaba yo. Pero me equivoqué, a medias. Siempre fuiste especial, demasiado. Pero ser especial ya no es suficiente.

Y sigues callada.

Y me lo adivinas todo.

Si te conocieran a solas

No es que fueras pretenciosa, eras simplemente insoportable.

Seguramente por eso prefería besarte. Mantener una conversación contigo era tan horrible como el número de personas que nos rodeasen. Mientras tuviéramos el salón lleno de gente y siguiéramos bebiendo de la manera que lo hacíamos, tú serías la reina. Y mientras siguiera fingiendo que pasaba de ti, que me dabas igual y que no iba a acabar contigo esa noche, todo iría genial. Pero a mí mentir se me da fatal. Y a tus ojos también, aunque arquees tus cejas creyendo tenerlo todo bajo control.

Y, de hecho, lo tenías. Pero a mí no me ibas a engañar. Precisamente por eso te odiaba. Te odiaba tanto que quería echar a todo el mundo y encerrarte en mi habitación. Eran las dos de la mañana, la música no dejaba de sonar y el reloj se había congelado. La gente empezaba a levantar la voz, las risas estúpidas se contagiaban y los bailes derramaban las copas de alrededor. Y tú me mirabas de reojo. Y yo me reía por fuera, pero sólo por fuera.

—¡Fuera! Eso es, ¡todo el mundo fuera!

Todos menos tú. Que fuiste a buscar tu chaqueta mientras todos se marchaban y yo te acompañé. Y no volvieron a saber de nosotros.

Pienso

Que lo supe desde que te vi,
que no te tenía que haber tocado.
Que viniste y te esquivé,
que mentiste y me esquivaste.
Que me hiciste un gran favor.

Que fuiste un espejismo
hasta que dejaste de serlo.
Que destripamos las noches
y desnudamos las distancias.
Que nos echamos de menos.

Y lo supe desde que te vi,
que no te tenía que haber tocado.

Que no me hice ni puto caso.

Quién sabe

Me duele la cabeza. Me duele no entender. O sí y no querer.

Podría decir que todo fue muy extraño, podría decir que no me lo esperaba. Podría decir que tampoco lo quería, podría mentir hasta mañana. Pero lo cierto es que lo echaba de menos. Que los meses pasaron para los dos desde que me fui. Y que, durante ese tiempo, tú buscaste y yo no encontré. Da igual. Podría decir que te veía a menudo, en fines de semana salteados, y tú nunca dejabas de sonreír. Podría jurar que, a pesar de todo, te alegrabas de verme. Y yo también. Porque si sabía que andabas cerca, no podía evitar buscarte. Porque cada vez que te ibas, me preguntaba hasta cuándo. Aunque al día siguiente lo hubiera olvidado.

Pero aquella vez fue distinta. No sabía que estabas allí, tampoco te esperaba. Pero me enteré y te fui a buscar. Y tú volviste a sonreír e intentar hacerme sentir mal con esos pequeños dardos de pasado que te gusta lanzar. Esa vez no los esquivé. Estaba tranquilo, hasta que me besaste. Tampoco lo esquivé, la segunda vez.

¿Y ahora qué?

Al día siguiente no lo había olvidado. Ni tú. Ni esta maldita ciudad, que decidió acompañarnos en el todo y nada con gotas de lluvia caliente en los cristales de nuestras gafas de sol. Ésas que llevábamos para no mirarnos. Ésas que nos quitamos cuando dejó de llover.

Por fin

Es como la noche en la que me perdiste del todo. La misma en la que me tuviste también. Aquélla en la que quisiste que te pasara a recoger, como siempre. Ésa en la que tardaste en bajar y llevabas el mismo perfume de siempre. Aquélla en la que todo era como siempre, ese lugar en el que nunca pasa el tiempo. Tal cual.

Fue la misma noche en la que nos dio por perdernos en un pasado que nunca había sido tan presente. Nos perdimos, también, por las calles, por las carreteras oscuras y por los sillones de un bar montado en el salón de una casa cualquiera. Nos lanzamos silencios compartiendo bebidas. Hacía tiempo que no estabas tan cómoda. Esa noche brillabas como si fuera un 30 de agosto.

Y a medida que el tiempo pasaba y nos cambiábamos de un sitio a otro, se complicaba eso de mantener las distancias. Estaba escrito, principalmente por los mojitos y los recuerdos. Dejamos la habitación a un lado y nos perdimos el uno en el otro. Y tus labios seguían allí, como siempre. Y me tuviste, otra vez.

El bar tenía que cerrar y la trampa en la que nos metimos se trasladó a mi coche. Por aquel entonces, ya nos habíamos casado un par de veces con un anillo improvisado. Y que conste que fue idea tuya. Allí, el silencio, los besos y la música fueron nuestra mejor conversación. Y lo que nos faltaba por decir lo hicimos con los ojos. Miento, también se nos escaparon algunas palabras prohibidas al oído. Qué desastre. Acabaste durmiendo con tu cabeza sobre mi pecho, tratando de descifrar mis latidos, al tiempo que me adueñaba de tu pelo y de todas las estrellas que podía ver a través de la ventana. De todas, menos de ti.

Y sonó tu teléfono. Despertaste y nos fuimos. Por el camino, todo seguía como siempre. La carretera seguía oscura, tú no dejabas de mirarme y mi mano se enamoró de tu rodilla.

—Estoy harto de echarte de menos.

—Y yo.

Sí, pero no. Viniste, me besaste y te fuiste, otra vez. Era la tercera, o la cuarta, qué se yo. Pero esta vez no me dio pena, ni rabia. Simplemente me dio igual. Y fue entonces cuando supe que me habías perdido justo a punto de tenerme.

Aquella noche de ron y velas

Habíamos pasado del vino y la lámpara al ron y las velas. De la mesa a la cama y de la cama al suelo, colchón y cojines incluidos. Habíamos pasado de la ropa a los pijamas y de ellos a no llevar nada. Pasamos de nuestros labios a los vasos y de los vasos de nuevo a las bocas. Dejamos de mordernos para abrazarnos, dejamos de movernos para llorar. Y paramos el tiempo. Nos volvimos a mirar entre lágrimas y alcohol, con el pulso acelerado. Mis manos en tu cintura, las tuyas en mi cara. Y pasamos de mirarnos a mordernos de nuevo y de no llevar nada a llevarnos el uno al otro. Y llorando, hicimos el amor hasta quedarnos dormidos entre las velas y el aire frío que entraba por debajo de la puerta.