Siempre a la jodida espera para nada

Estoy harto, me quiero largar de aquí. Estoy harto de llenar mi vida de mierda que me arrastra a lugares en los que no quiero estar. Estoy harto de amores impostores que te parten la cara y el corazón a la primera de cambio. Estoy harto de pensar que lo bueno está por llegar. Estoy hasta los cojones de perder el tiempo esperando no sé ni a qué. Estoy harto de pasar las horas en un eterno bucle de odio e incomodidad a partes iguales. Necesito paz, joder.

Tengo ganas de despertarme cada puto día sabiendo que, si no estoy donde quiero estar, es porque aún ando por el camino. Pero por el camino adecuado. Tengo ganas de que se me salga el corazón por la boca cada vez que sepa que voy a verte. Y quiero saber que voy a verte cada día o cada noche. Tengo ganas de confiar y que confíes. Tengo ganas de que no sobre ninguna conversación salvo las que sobran. Joder, tengo ganas de sentirme invencible. Tengo ganas de que todo esté donde tiene que estar de una puta vez. Estoy cansado de la cobardía que nos impide vivir la jodida vida que hemos venido a vivir aquí. Cobardes por no enamorarnos. Cobardes por guardar siempre un as en la manga. Cobardes por no hacer lo único que queremos y lo que mejor sabemos hacer.

Estoy hasta los cojones.

Vosotros haced lo que os dé la gana. Yo me quiero largar de aquí.

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Hechos

El cielo había pasado de naranja a gris en el mismo tiempo que tardamos en recorrer en moto las pocas calles que nos separaban de la estación. Allí, autobuses, despedidas, tú y yo. El tiempo había pasado tan rápido desde la primera vez que aquella parecía la primera vez que nos separábamos. Y no sabíamos muy bien si hacerlo con media sonrisa, abrazarnos fuerte o intentar aparentar que nada era para tanto. Pues bien: un minuto después todo era para tanto y para todo.

Qué pocas ganas tenía de irme. Y qué rápido estaba al otro lado del cristal. Rápido, como todo y como siempre. Rápido como las cosas que pasan y se te llevan el corazón mientras tú aún no has dejado de temblar los nervios del primer beso. Rápido arrancó el autobús y giré la última esquina que perdía de vista tu pelo. Y así terminó de empezar todo. Yo volvía y te pensaba. Tú volvías y me escribías. Yo volvía y te escribía. Tú volvías y me pensabas. Yo volvía y ya te quería. Tú…

En fin, qué más da. Los hechos fueron esos y esos volverán a ser. Volverán antes de que volvamos a no saber ni ser, ni sentir, ni pensar o imaginar, ni doler. Porque sí, la vida duele. Pero, ya puestos, mejor que duela de verdad.

Perderemos incluso nuestra historia

Hay un momento en el que todo se ve claro. Hay un momento en el que nos damos cuenta de que hemos estado mirando en la dirección equivocada todo el tiempo. Lo malo es que ese momento suele llegar tarde. Suele llegar tan tarde que duele. Llega tan tarde que sólo trae vértigo e incertidumbre. Y es extraño porque nos hace sentir invencibles y totalmente vulnerables al mismo tiempo. Nos desnuda en todos los sentidos. Y nos arrepentimos. Nos arrepentimos de todo lo que no hicimos  antes y tememos que ya no haya posibilidad alguna de poder hacerlo. Porque en ese momento, todo lo que echamos de menos es lo único que queremos. Pero inevitablemente somos así de gilipollas y necesitamos perder las cosas para saber lo que queremos. Aunque algunos tienen la capacidad de engañarse para no sufrir la realidad. Es mejor creer que todo es como tiene que ser y que cada cosa está en su lugar que enfrentarse a lo que uno quiere. Lo he dicho mil veces y lo repetiré otras tantas: somos cobardes.

Pero hay un momento en el que dejamos de serlo. Hay un momento en el que ya no quedan mentiras ni callejones por los que escapar. Hay un momento en el que solo quedamos nosotros mismos con nuestros fantasmas, con nuestro pasado y con las cicatrices más profundas de nuestro corazón. Esas que preferimos enterrar porque curarlas era demasiado difícil. O valiente. Ese momento llega, ha llegado o llegará. Y, dolerá porque será tarde. Porque si no llega tarde todo seguirá igual. Seguiremos creyendo que tenemos todo el tiempo del mundo y que siempre podremos arreglar las cosas más adelante. Y no  podremos estar más equivocados. Nosotros no disponemos del tiempo. Nosotros disponemos de nuestros actos y de nuestras decisiones. De nuestras ganas. Y también disponemos de nuestras mentiras y nuestra cobardía. El problema de eso es que cuando llegue el día en que no haya vuelta atrás y hayamos perdido definitivamente todo lo que queríamos recuperar más adelante, dolerá demasiado como para soportarlo y perderemos también algo que ni siquiera nos pertenece, como el sentido de las cosas y nuestra historia.

(…)

Cuando llegue el día, probablemente no habrá tiempo ni para decir adiós. Así que, por favor, pensad bien a qué queréis dedicar el resto de vuestra vida y con quién queréis compartirlo todo. Luego será tarde.

 

Huyamos

Las ciudades ya no tienen vida. Hoy son un amasijo de hierro, piedras y cuerpos que vagan sin rumbo. Con la mirada perdida. Con la mirada vacía. Sólo son un montón de paradas de metro y de pasos de pies que se arrastran, destrozando los bajos de los pantalones contra el suelo. Alguien nos engañó a todos.

Alguien nos engañó para dejarnos arrollar por el torbellino de la rutina. Por la implacable prisa de la vida entre escombros que se mueven sobre raíles. Sobre los mismos raíles de todos los días. Algún hijo de puta creyó que la vida era demasiado larga y pensó que nuestra hora nos debería llegar antes. Algún grupo de cabrones hizo de nosotros cuerpos vacíos, muertos caminantes. Nos llenaron de frustraciones y miedos y nos drogaron para que riéramos de vez en cuando.

Las ciudades no tienen vida alguna. De hecho, la vida debería detenerse en el mismo segundo en el que mágicamente se alinea nuestra mente con el corazón y se reúne el valor necesario para mirar al cielo y suspirar que nos hemos encontrado. La vida debería transcurrir en ese puto segundo, en ese instante, para siempre. Porque no hay mayor sentido que ése.

Estamos a tiempo de vaciar las ciudades y llenar nuestras almas. Huyamos joder, huyamos.

Pudimos desnudarnos

Hacía mucho frío y yo acababa de llegar. Tú también, desde la otra punta. Arrastrabas una maleta y los nervios de la primera vez. Yo tiritaba, pero había cubierto mi boca con una bufanda. Giré la esquina y te vi. Caminabas deprisa. Tanto, que ni siquiera te atreviste a sonreírme hasta que levanté la mano. Nos paramos en seco, en mitad de aquella plaza llena de gente y luces. Llena de frío.

Aquellos fueron los dos besos más raros que recuerdo. Tenías la punta de la nariz congelada y yo no sabía dónde apoyar mis manos. ¿Qué tal? Muy bien. Todo muy bien. Todo menos nosotros, que mentíamos para mantener a salvo el orgullo.

Pude haberme ofrecido para llevarte la maleta, pero no lo hice. Te acompañé a aquella tienda de barrio, a dos calles de mi casa, para que comprases algo de cenar. Pude haberte ofrecido algo de lo que tenía en casa, pero no lo hice. Compraste cualquier cosa y bebida, mucha bebida. Pude haberte ofrecido subir a mi casa, bebernos todo lo que tenías en la bolsa y desnudarnos, pero no lo hice. Decidimos despedirnos de la forma más amarga posible. Nos dimos un beso entre los labios y la mejilla. Dimos media vuelta y seguimos nuestro camino. A los cinco minutos te estaba escribiendo. Y tú a mí.

Pasadas varias horas, una cena y una ducha, estábamos en mi casa bebiéndonos todo lo que llevabas en aquella bolsa, dando vueltas a los acordes más nostálgicos y desnudándonos. Nos mirábamos como si hubieran pasado meses sin hablarnos. Nos besábamos como si hubieran pasado años. Nos subimos uno encima del otro y nos apretamos tanto que ni siquiera cabía el sudor entre nosotros. Quise dejar las huellas de mis dedos en tus caderas. Tú me clavaste los dientes y te llevaste mis labios. Eché la cabeza hacia atrás y tú me imitaste. Te apreté más fuerte. Con las dos manos y con todo mi cuerpo. Dejaste escapar un suspiro. Uno fuerte.

No llegó a salir el sol cuando tú lo hacías de mi casa. Arrastrabas una maleta y los nervios de no volvernos a ver. Yo me quedé tu perfume y la resaca más larga de mi vida.

M

Qué lejos quedan las piedras frías de las calles, húmedas, resbaladizas, atentas, solitarias y vigilantes. Lejos de las persianas de los bares que nos encontraban. Lejos de las carreras a oscuras doblando esquinas y perdiendo la bufanda. Y sí, lejos también de las miradas que ocultaban más verdad de la que decían y de lo mágico de creer que los paréntesis podrían ser vida.

Ya no quedan manos en la cintura ni ganas de intentarlo. Ya no queda más que el eco de un hueco suspiro. La duda. El sueño.

Lo que creímos

¿Qué dirán de nosotros?

Seguramente dirán que lo teníamos todo. Y que fuimos imbéciles.

Seguramente, algunos dirán que crecimos de pequeños y que nos equivocamos miles de veces. Que fusilamos nuestras ganas. Que nos dejamos llevar por la madrugada y las noches sin dormir. Por las copas de más y las miradas borrosas. Por la esencia del nunca jamás y quizá sí para siempre. Por la ilusión desvanecida y el falso recuerdo de lo que pudimos ser.

Dirán también que fue mi culpa. Que te eché de mi casa y encerré tu esencia donde nunca nadie pudiera encontrarla. Ni siquiera yo. Dirán que nos despedimos y cerré la puerta. Dirán que te fuiste. Dirán que te fuiste de verdad. Y no mentirán.

Mentiremos nosotros en cada descuido y cada frase inesperada. Cada vez que olvidemos que el rencor pudo con todo y el orgullo fue más fuerte que mi portazo, si es que hubo. Mentiremos como sólo nosotros sabemos hacer. Nos amaremos como sólo nosotros sabemos hacer. En silencio, de manera intermitente y de lejos. En un constante y peligroso equilibrio. En mitad de la locura y los días grises. En la vaga sensación de aquellos besos lentos. En mis manos. En tus caderas. Y en todo eso que nos dejamos a medias como la noche que nunca cerramos porque amanecimos despiertos.