Pícnic

Dicen que hay una pequeña isla, en un río, dentro de una gran ciudad. Dicen también que la isla levanta una catedral sobre el agua, miles de fotografías sin dueño y los sueños de quienes pasean por allí. Dicen que hay un punto mágico, reducido, al borde del río. Dicen que es casi una esquina de punta redonda, con peldaños de piedra que se sumergen en el agua siempre tranquila. Dicen que es el lugar perfecto para comerse las sonrisas en un pícnic, para esquivar los rayos del sol del atardecer entornando los ojos o para fotografiar los puentes que reposan a lo largo del río sobre el cielo anaranjado intenso. Dicen que allí los recuerdos nunca mueren, que el olvido no existe y que los besos son eternos. Dicen que allí siempre estás tú. Y dicen que…

Tópicos

Ya, tópicos.

Soy un poco de todo,
aunque a veces no soy nada.
Me busco y me encuentro.
Hablo conmigo
y a veces dejo de buscarme.
Me pierdo en mi identidad,
me engaño, me lo creo,
me descubro,
me sorprendo.

A veces, de tanto escucharse
uno se vuelve loco.

Es entonces cuando vive.
O cree que vive.
Y vuelta a empezar,
¿quién soy?
Soy un poco de todo,
aunque a veces soy nada.
A veces me vuelvo loco.

A veces, de loco,
me encuentro.

Tú y tus matices

Algunas veces soy un imbécil.

Algunas veces la única cosa que me hace feliz es saber que habrá cervezas y rock and roll cuando llegue. Aunque vaya contigo.

Algunas veces necesito que alguien como tú me mande a la mierda.

—He llegado a tres conclusiones, pero no he elegido ninguna.

—¿Y cuáles son?, ¿sí, no y me da igual?
—Me da igual es la mejor, pero no me sirve. Y las otras… en fin. Hay demasiados matices que hacen que el sí no sea un sí y el no no sea un no. No sé.
—Pues, ¿sabes qué? Vete a tomar por culo. Tú y tus matices.

Algunas veces soy un imbécil. Pero otras me río tanto que quiero volverte a ver.

 

«No sé»

Y tanto que es raro. Pero vamos, no me jodas, ya sabías cómo iba a acabar todo esto.

Es raro porque hace una semana estaba durmiendo en tu espalda y besándote en cada descuido. Raro, porque dos semanas antes nos preguntábamos qué había sido del tiempo entre nuestros besos y por qué se acabó. Es raro porque viniste sin querer, nos desnudamos sin dejar de mirar y hoy apenas hablamos. Y precisamente lo raro es que siga siendo raro. Si al final es lo de siempre.

Lo de siempre o lo de nunca más.

Lo de siempre porque matas todo con un «no sé». Lo de nunca más porque apenas hablamos.

Presente condicional

Qué fácil es creer que el tiempo lo pone todo en su lugar, tanto lo bueno como lo malo. Qué fácil es desentenderse y dejar que el destino haga y deshaga. Qué fácil es creer que si pasó fue por algo. Y que si tiene que pasar, pasará. Qué fácil es pasar de todo. Mirar hacia otro lado, ésa es tu especialidad.

Y qué fácil es creer que no pasa nada, que siempre estaré ahí. Qué fácil es pensar que como yo no hay nadie y que, simplemente por eso, estaré ahí. Porque estoy hecho para estar ahí. Para recibirte, para quererte de verdad, para hacerte sentir bien cuando todo lo demás duela, cuando los demás sean de mentira. Qué fácil es hacer daño.

Y qué fácil es dejarse engañar.

Y qué difícil es quererte, con lo fácil que llegó a ser.

Qué fácil será que todo desaparezca, que ya no esté cuando tú quieras. Tan fácil como lo que me dueles sin necesidad.

Y qué fácil será arrepentirse de todo cuando sea tarde. Qué fácil y qué asqueroso. Tú verás. Yo estoy a un beso de irme para siempre. A un beso, a una duda, a un abrazo por detrás. A una noche más en tu cama. Qué fácil fue hacerte el amor en ella. Y qué difícil lo fue para otros.

Qué fácil es recordar, y qué difícil será.

 

Hola

No, ni tú ni yo lo esperábamos.
En el fondo sí, pero no así.
Así, ¿cómo?
Así.

Así porque no podía ser de otra manera.
Porque mis manos echaban de menos tus lunares.
Porque la playa llevaba tiempo sin vernos.
Porque al final acabamos buscando la cama.

Y sudando.
Y durmiendo.

Y despertando de repente.
Saliendo con prisa.
El último autobús se escapa.

Pero siempre llegamos a tiempo,
incluso llegando tarde.

Y siempre es tan nunca,
que yo prefiero más ahora.

Y que no dejes de reír,
que tu risa me alegra todo.
Que en tus ojos nos veo el reflejo
y son tan bonitos
que de únicos son sólo tuyos.
Y míos a veces.

Que te quiero
y ya lo sabes.

Que ya era hora.

Hola.

Cuando…

Cuando es todo, pero es nada.
Cuando se cierran las puertas.
Cuando te vas de casa.

Cuando vuelves
y aparcas en la entrada.
Cuando te quedas a cenar.
Cuando el recuerdo
se vuelve más intenso.
Cuando era ayer.
Cuando llueve en la ventana.

Cuando vuelan las palabras,
cuando huyen las miradas.
Cuando los labios se preguntan.
Cuando nunca sabes nada.

Cuando es todo, pero es nada.
Cuando nada es lo que queda.
Cuando nada es de mentira,
cuando vuelve a ser mañana.

Cuando todo es de mentira.
Cuando es todo, pero es nada.

Una de esas noches

¿Sabes esas noches en las que huele a lluvia y a verano al mismo tiempo? Ésas en las que todo es un recuerdo y tú nunca te fuiste. Ésas en las que yo soy ayer, mañana y todo lo que quiero. Pues ésta es una de ellas.

Ésta es una de esas noches en las que sólo me apetece estar solo. Una de ésas en las que todo se calma y te pienso desde las sonrisas. Desde las respiraciones profundas. Y cuando no lo hago es porque me he perdido en la invisible línea del horizonte que separa el mar de este cielo oscuro. O en las luces que dibujan el camino que baja de la montaña. O en las gotas que caen como estrellas desde las nubes blancas de este cielo oscuro. O  en el silencio del agua contra el suelo.

O, tal vez, en un montón de pensamientos sin orden ni sentido. Sin saber por qué.

Sólo existe ese momento, fuera del tiempo, porque siempre será el mismo cada vez que vuelva. Y porque los recuerdos, como la lluvia, caen sobre nosotros sin avisar y nos pasan por encima para perderse de nuevo entre un montón. Un montón que se expande, se diluye y se evapora. Que desaparece. Pero que siempre vuelve, con ese olor a verano propio de una tímida noche de mayo.

Asómate a la ventana.

Piérdete.

Recuerda.

Dijiste

Aunque te esforzases en que pareciera lo contrario, me tenías ganas. Tus labios no iban a soportar un apretón más entre tus dientes y yo tampoco iba a ser capaz de quedarme parado. Nos la estábamos jugando entre un montón de gente y las cervezas que contaban las horas de aquella tarde. Se nos hizo tan larga que llegamos al punto de no retorno, el momento de no recuerdo, aquél en el que nos quedamos solos. Solos, entre un montón de gente. Y se nos hizo tarde. Tanto, que la tarde dejó de ser tarde y la parada del metro se presentó cerca, pero no en el tiempo.

Nos detuvimos en las escaleras. Hablamos de todo y de nada. Sobre todo de nada que pudiera recordar. De nada que fuera interesante. Cualquier excusa era buena para no irse a casa. Los minutos empezaron a darnos vueltas y las cervezas nos dieron la licencia para tropezar el uno con el otro y reír. Hasta que te mordiste de nuevo los labios y tiraste de mi bufanda para tenerme cerca. Supongo que me tocaba a mí. No dejabas de mirarme. Yo no dejaba de sonreír. Miento, lo hice en cuanto no pudiste más. En cuanto te dejaste de morder los labios para arrancarme los míos. A la mierda la gente.

Dos pasillos en el metro, tropezando, riendo, y un cruce. Volviste a tirar de mi bufanda.

–Vamos a mi casa–. Dijiste.