Algún día te lo diré

Odio que me robes las palabras.
Odio que lo hagas y sonrías.
Odio que lo hagas porque me gusta.
Y debería odiar que me guste.

Odio que me robes las palabras,
y no las que me arrancas de los labios.
Odio que me robes las que no digo.
Las que se quedan a medias,
las que pienso y tú no sabes.
Ésas, las que no me atrevo y te imaginas.
Las que a lo mejor me adivinas,
las que puede que sepas,
porque me las robas.

Gente de verdad

La misma barra, las mismas personas. Distintas vidas.

—Echaba de menos esto.

—¿El qué?

—Estar con gente de verdad.

Estábamos tan cerca del mar que podíamos besarnos el cuello antes de brindar de nuevo con tequila. Pero aquello estaba lleno de gente, nos conocían y mi barba te ponía la piel de gallina. No era buena idea, igual que tampoco lo era seguir pidiendo tequila a cuenta perdida. ¿Te dije alguna vez que esta bebida me mataba? Aunque a lo mejor esa noche era diferente. Los años y las copas me habían hecho más fuerte, y también más sincero, que es otra forma de morir.

Tuviste tus dudas, al principio, cuando creías que yo había cambiado. Unos tragos más tarde y unas cuantas palabras después me dieron la razón. Yo seguía siendo el mismo. Y tú seguías abriendo los ojos y dejando entrar a todo aquél que viera más allá de su nariz. A la gente de verdad, supongo. Y seguías queriendo saber qué pensaba de ti. Vale, reconozco que había cambiado un poco. Pero sólo un poco. Necesitaba bastantes copas de más para poder decirte la verdad. Y cuando digo bastantes, quiero decir que no llegué a alcanzarlas. Pero, maldita sea, tenías algo que me hizo cantar aun sin saber el porqué.

Y canté, vaya que si lo hice. Tanto que se nos hizo de día y tuvimos que volver al lugar donde había aparcado sin saber si encontraríamos el coche.

—¿Tienes algo que hacer?

—No tengo prisa.

Qué curioso, pensé. Para la gente de verdad siempre hay prisa. Quizá los meses no nos hayan cambiado tanto. Quizá siempre tuviste prisa y yo me lo creí todo.

Qué mas da. Ya no nos quedaba tequila. ¿Te importa si te beso el cuello?

Será cosa del vino

No hablemos de madrugada.

—¿Estás borracha?

—Lo normal, después de cenar con vino blanco y un par de gin tonics.

—Lo normal después de una cena así es que te hagan el amor.

—Qué romanticón te pones de vez en cuando. Era cena con amigos. He dormido solita en mi casa.

—Bueno, yo soy un amigo y lo habría hecho. Será cosa del vino blanco y los gin tonics.

—Tú eres más de ron que de gin tonic.

—Por eso, quizá.

Lo estaba deseando

Estaba deseando matarte. Pero en el buen sentido de la palabra. Qué coño, en el único que tiene. Aunque a decir verdad, lo tuyo fue un suicidio. Y de los sonados.

Podría decir que el kamikaze fui yo. Que te conocía y que, a pesar de los años, volví. Que me engañaste y me tuviste. Que vivimos para luego recordar. Que lo fuimos todo sin llegar a ser nada. Que íbamos siendo algo. Que lo di todo y me perdí. Que no tuviste nada mejor. Que siempre estaba para ti. Vamos, que fui un gilipollas. Podría decir todo eso y no me equivocaría. No, al menos, más de lo que me equivoqué cuando creí que merecerías la pena.

Es fácil engañar a un borracho. Y eso tú siempre lo has sabido muy bien. Enamorar tampoco se te da nada mal. Aunque bien es cierto que ambas artes suelen caminar de puntillas y de la mano. Más o menos como lo hacíamos nosotros. Siempre te dije que tenías una forma muy especial de andar. Nunca especifiqué, salvo hoy.

Se me ha hecho un poco tarde, lo reconozco. Siempre me costó decir las cosas importantes. Pero cualquier día es bueno para encender una hoguera.

Cualquier día es bueno para encender una hoguera.
Cualquiera, para cerrarte la puerta en las narices.
Para sacar tus fotos de mi cartera.
Para matarte, por fin.
Para volver atrás y recordar que el kamikaze fui yo.
Que te conocía y te conozco.
Que no mereces la pena.
Cualquiera.

Adiós

Cobarde,
¿a quién pretendes engañar?

No sabes estar sola,
no te hagas la dura.
No me hables de falsa comodidad
y deja de morderte las uñas.

Deja de mirarme así.
Deja de fingir que me quieres.
Deja que te explique lo que son los caprichos.

Cobarde y mentirosa,
¡maldita sea!
Vete por donde has venido.
Y, escúchame bien:
no vuelvas jamás.

Abrázate al conformismo
cuando rompas a llorar.

Prefiero una cerveza.
Y otras cinco después.
Prefiero escribirte otra vez borracho,
y que sea la última.

No.
Prefiero mandarte a la mierda ahora,
y que sea ésta la última palabra que te escriba.

Adiós.

 

Ni siquiera las estrellas

Cómo nos gustaba compartir la inocencia que sabíamos que no teníamos. Podíamos pasar horas disfrazadas de minutos cada noche mirando el mar mientras nos descubríamos. Tú decías esto, yo contestaba lo otro. Y casi siempre estábamos de acuerdo para reírnos. Luego yo señalaba el reflejo de las luces en el agua, que se alargaban naranjas y buscaban el horizonte, y te miraba a los ojos. Recorría entonces tus labios del mismo modo que aquellas luces el mar. Tú callabas y me adivinabas todo. Menos mal que estábamos fuera del mundo y teníamos el coche cerca. No conozco refugio mejor para aquellas noches de septiembre. Ni siquiera las estrellas.

Siempre fuiste especial. No sabes hasta qué punto. O sí, cosa que explicaría todo. Pero esas noches eran más nuestras que del tiempo y mi coche se acuerda de todo. Fugaz, tal vez. Eso pensaba yo. Pero me equivoqué, a medias. Siempre fuiste especial, demasiado. Pero ser especial ya no es suficiente.

Y sigues callada.

Y me lo adivinas todo.

Si te conocieran a solas

No es que fueras pretenciosa, eras simplemente insoportable.

Seguramente por eso prefería besarte. Mantener una conversación contigo era tan horrible como el número de personas que nos rodeasen. Mientras tuviéramos el salón lleno de gente y siguiéramos bebiendo de la manera que lo hacíamos, tú serías la reina. Y mientras siguiera fingiendo que pasaba de ti, que me dabas igual y que no iba a acabar contigo esa noche, todo iría genial. Pero a mí mentir se me da fatal. Y a tus ojos también, aunque arquees tus cejas creyendo tenerlo todo bajo control.

Y, de hecho, lo tenías. Pero a mí no me ibas a engañar. Precisamente por eso te odiaba. Te odiaba tanto que quería echar a todo el mundo y encerrarte en mi habitación. Eran las dos de la mañana, la música no dejaba de sonar y el reloj se había congelado. La gente empezaba a levantar la voz, las risas estúpidas se contagiaban y los bailes derramaban las copas de alrededor. Y tú me mirabas de reojo. Y yo me reía por fuera, pero sólo por fuera.

—¡Fuera! Eso es, ¡todo el mundo fuera!

Todos menos tú. Que fuiste a buscar tu chaqueta mientras todos se marchaban y yo te acompañé. Y no volvieron a saber de nosotros.

Pienso

Que lo supe desde que te vi,
que no te tenía que haber tocado.
Que viniste y te esquivé,
que mentiste y me esquivaste.
Que me hiciste un gran favor.

Que fuiste un espejismo
hasta que dejaste de serlo.
Que destripamos las noches
y desnudamos las distancias.
Que nos echamos de menos.

Y lo supe desde que te vi,
que no te tenía que haber tocado.

Que no me hice ni puto caso.

Quién sabe

Me duele la cabeza. Me duele no entender. O sí y no querer.

Podría decir que todo fue muy extraño, podría decir que no me lo esperaba. Podría decir que tampoco lo quería, podría mentir hasta mañana. Pero lo cierto es que lo echaba de menos. Que los meses pasaron para los dos desde que me fui. Y que, durante ese tiempo, tú buscaste y yo no encontré. Da igual. Podría decir que te veía a menudo, en fines de semana salteados, y tú nunca dejabas de sonreír. Podría jurar que, a pesar de todo, te alegrabas de verme. Y yo también. Porque si sabía que andabas cerca, no podía evitar buscarte. Porque cada vez que te ibas, me preguntaba hasta cuándo. Aunque al día siguiente lo hubiera olvidado.

Pero aquella vez fue distinta. No sabía que estabas allí, tampoco te esperaba. Pero me enteré y te fui a buscar. Y tú volviste a sonreír e intentar hacerme sentir mal con esos pequeños dardos de pasado que te gusta lanzar. Esa vez no los esquivé. Estaba tranquilo, hasta que me besaste. Tampoco lo esquivé, la segunda vez.

¿Y ahora qué?

Al día siguiente no lo había olvidado. Ni tú. Ni esta maldita ciudad, que decidió acompañarnos en el todo y nada con gotas de lluvia caliente en los cristales de nuestras gafas de sol. Ésas que llevábamos para no mirarnos. Ésas que nos quitamos cuando dejó de llover.

Por fin

Es como la noche en la que me perdiste del todo. La misma en la que me tuviste también. Aquélla en la que quisiste que te pasara a recoger, como siempre. Ésa en la que tardaste en bajar y llevabas el mismo perfume de siempre. Aquélla en la que todo era como siempre, ese lugar en el que nunca pasa el tiempo. Tal cual.

Fue la misma noche en la que nos dio por perdernos en un pasado que nunca había sido tan presente. Nos perdimos, también, por las calles, por las carreteras oscuras y por los sillones de un bar montado en el salón de una casa cualquiera. Nos lanzamos silencios compartiendo bebidas. Hacía tiempo que no estabas tan cómoda. Esa noche brillabas como si fuera un 30 de agosto.

Y a medida que el tiempo pasaba y nos cambiábamos de un sitio a otro, se complicaba eso de mantener las distancias. Estaba escrito, principalmente por los mojitos y los recuerdos. Dejamos la habitación a un lado y nos perdimos el uno en el otro. Y tus labios seguían allí, como siempre. Y me tuviste, otra vez.

El bar tenía que cerrar y la trampa en la que nos metimos se trasladó a mi coche. Por aquel entonces, ya nos habíamos casado un par de veces con un anillo improvisado. Y que conste que fue idea tuya. Allí, el silencio, los besos y la música fueron nuestra mejor conversación. Y lo que nos faltaba por decir lo hicimos con los ojos. Miento, también se nos escaparon algunas palabras prohibidas al oído. Qué desastre. Acabaste durmiendo con tu cabeza sobre mi pecho, tratando de descifrar mis latidos, al tiempo que me adueñaba de tu pelo y de todas las estrellas que podía ver a través de la ventana. De todas, menos de ti.

Y sonó tu teléfono. Despertaste y nos fuimos. Por el camino, todo seguía como siempre. La carretera seguía oscura, tú no dejabas de mirarme y mi mano se enamoró de tu rodilla.

—Estoy harto de echarte de menos.

—Y yo.

Sí, pero no. Viniste, me besaste y te fuiste, otra vez. Era la tercera, o la cuarta, qué se yo. Pero esta vez no me dio pena, ni rabia. Simplemente me dio igual. Y fue entonces cuando supe que me habías perdido justo a punto de tenerme.