Aquella noche de ron y velas

Habíamos pasado del vino y la lámpara al ron y las velas. De la mesa a la cama y de la cama al suelo, colchón y cojines incluidos. Habíamos pasado de la ropa a los pijamas y de ellos a no llevar nada. Pasamos de nuestros labios a los vasos y de los vasos de nuevo a las bocas. Dejamos de mordernos para abrazarnos, dejamos de movernos para llorar. Y paramos el tiempo. Nos volvimos a mirar entre lágrimas y alcohol, con el pulso acelerado. Mis manos en tu cintura, las tuyas en mi cara. Y pasamos de mirarnos a mordernos de nuevo y de no llevar nada a llevarnos el uno al otro. Y llorando, hicimos el amor hasta quedarnos dormidos entre las velas y el aire frío que entraba por debajo de la puerta.

Cuando el teléfono se quedó sin batería

A la gente le importa todo una mierda.

Eran cerca de las ocho y media y ella me estaba esperando con su coche en la parada del metro. Yo llegaba desde la otra punta, pero aún íbamos más lejos, así que me parecía justo ir hasta allí. Fuimos al cine, a uno que estaba bien lejos y apartado del mundo, de la vida y de los ojos de cualquiera que nos pudiera conocer. Sobre todo a ella, porque a mí me daba igual, además de ser un completo desconocido. La película ya la habíamos visto antes, pero eso era lo de menos.

Volvimos a su coche y a ella le pareció que era demasiado tarde como para devolverme al metro en el que me había recogido. Propuso la idea de acercarme a casa y yo la agradecí. Por el camino hablamos mucho. Ella no se callaba y yo tampoco. Era fácil escupir palabras, una detrás de otra, y que se cogieran de la mano con las suyas. Era fácil compartir la música de mi teléfono conectado a la radio de su coche. Era fácil perderse por los desvíos y las circunvalaciones.

Era todo tan fácil que tardamos casi una hora en encontrar la puerta de mi casa. Pero lo hicimos y allí decidimos que ambos estábamos llenos de problemas. Que la vida en sí era un problema que el tiempo arreglaría sin saber cómo. Y que lo único que podíamos hacer nosotros mientras tanto era vaciar alguna de las botellas de ron que tuviera en mi casa. Y eso hicimos.

Entramos en la cocina y llenamos dos vasos de hielo y ron. La cocina era demasiado fea como para seguir compartiendo miserias allí. Sí, mi habitación era un lugar mucho mejor, al menos para beber y olvidarte la vida por el camino. O para derramar accidentalmente la mitad de cualquier copa a partir de la tercera. O para caer borrachos en la cama y entregarnos a las provocaciones. O para acabar engañándonos. A nosotros y a los que no estaban allí.

Porque antes de todo esto, cuando conseguimos aparcar para entrar en mi casa, ella hizo una llamada. Le dijo ‘te quiero’, colgó el teléfono y se metió en mi cama.

Tarde

Nunca es tarde.
Mientes.
Tarde es cuando llegas tarde,
y mañana será tarde,
aunque no lo suficiente para seguir perdida.

Del recuerdo sí se vive,
también de la mentira.
Ignorancia, bendita compañera.
El olvido…
El olvido nunca llega.

Ni tarde, ni pronto,
simplemente existe,
como existen las cosas que llegan tarde.

Y luego tú

Aquella ciudad tenía la fea costumbre de amanecer de forma prematura. Era una ciudad que daba a los fugados el tiempo justo de oscuridad para que intercambiasen secretos y confesiones. Y a nosotros no nos trató diferente.

La luna lo sabía desde las 8. Nosotros no teníamos ni idea. Sin darnos apenas cuenta, nos bebimos las horas separados hasta las 4 de la mañana. Entonces la música dejó de sonar y la gente empezó a salir. Alrededor, todos y nadie. Y cada vez más nadie y menos todos. Y luego tú. Apareciste y te ofrecí mi cerveza. Nos estaban echando de aquel bar, pero nosotros habíamos decidido que nuestra noche acababa de empezar y nos sentamos encima de una mesa. Nos miramos, discutimos, nos reímos, terminamos la cerveza, o alguien nos la quitó, qué sé yo. Cerramos el bar y nos fuimos.

Tú tenías prisa. Yo iba perdiendo amigos. Nos escapábamos pero en tiempos diferentes. Y desapareciste cerca del mar. Me acerqué y, justo cuando estaba a punto de tirarme de cabeza, una ola te devolvió a mi lado. Y nos volvimos a mirar, discutimos, nos reímos, me ofreciste tu coche y acepté antes de que terminaras de hablar.

Me llevaste a casa sin saber dónde vivía. Yo tampoco te lo quise decir. ¿Paro aquí? Sí, para. Toda la noche por delante y los asientos de tu coche. Cerramos el pestillo en un intento inútil de parar el tiempo. Y nos miramos. Ahí creo que sí conseguimos detener el segundero. O fue que se me grabó aquel segundo en tu pupila. Pero pestañeaste y me desperté. Seguimos hablando. Entre preguntas aparecían sorpresas y el pasado se convirtió en un laberinto. Detrás de cada esquina había una palabra. Lo recorrimos juntos, recogiéndolas todas y formando las frases que nos llevarían a mirarnos los labios. Al menos, yo lo hice. Y bastó medio segundo preguntándome a qué sabrían para que la noche se fuera como si nunca hubiera estado. Como si aquello nunca hubiera pasado. Como si estuvieras sola en tu coche. Como si nos conociéramos de toda la vida. Con naturalidad, arrancaste de nuevo y me llevaste, esta vez sí, a casa.

Y por el camino nos miramos, discutimos, nos reímos y nos acercamos sin movernos del sitio. Los semáforos nos regalaron minutos. Pero en la última esquina de nuestro laberinto estaba la puerta de mi casa y tú la encontraste. Y las preguntas se hicieron ganas y las dudas más intensas.

Cuando me fui

Difícilmente podré desvincular aquel rincón de mar, alumbrado por la luna, de esos ojos verdes que se teñían de azul cuando a ellos les convenía. Difícilmente podré bordear ese insignificante pedacito de costa sin repasar todas y cada una de las palabras que intercambiamos sobre aquellas piedras. No creo que pueda, tampoco, sentarme a escuchar con los ojos cerrados cómo las olas vienen y van sin echar de menos el calor de tus labios o la suavidad de tu chaqueta. Y eso por no hablar de la cena.

Y es que hay un paisaje para cada pensamiento. Un lugar para cada recuerdo. No era mi primera vez en aquella cala. Tampoco me he parado a decidir si fue la más especial. Es, simplemente, la que se grabó en mi memoria por delante de todas las demás. Y así, allí, es como te recuerdo. No importa adónde fuéramos después. No importa de qué color fueran tus sábanas o qué champú utilizaras. No importa que no supiéramos manejar las palabras, ni los silencios, ni las miradas.

Nada de eso importa, porque seguimos en aquella playa.

Les petits mouchoirs

Ella siempre había sido una pequeña revolucionaria. Guardaba las entradas del cine, todas. Las coleccionaba en una cajita de madera que tenía en la cómoda de su habitación. Era una suerte de ritual, una manera de guardar recuerdos y dárselas de intelectual. Por supuesto, las películas no eran las más taquilleras. Solía visitar las salas de cine independiente más concurridas de Londres.

Era verano. Yo llevaba apenas dos días en aquella ciudad y ya estaba deseando irme. Ella le daba vueltas a su café, frío. Yo fingía escucharla con tanta atención que se me olvidaba contestar. En su lugar, la miraba. La contemplaba, más bien. Y pensaba. ¿Qué sería de nosotros? Ella seguía dándole vueltas a su café. El mío, americano, hacía más de diez minutos que ardía en mi interior. Casi de la misma manera que mis preocupaciones.

Nos acercamos a la barra a pagar y nos fuimos. Ella aún llevaba su café en aquel vaso de cartón azul. Caminamos. Yo seguía oyendo su voz en alguna parte del empedrado de la calle, teñido de un suave naranja por el sol del atardecer. No había ni una nube en el cielo. O quizá estuvieran todas justo encima de mí y no levanté demasiado la cabeza. Me suele pasar, soy un despistado.

Seguimos calle abajo, esquivando puestos de cinturones de falsa piel y postales. Pasamos por una librería muy bonita y me detuve. En el reflejo del escaparate vi que ella seguía caminando. Ah, sí, el café. Lo había terminado y se acercaba a la papelera. Entre sus gestos y el cristal pude leer alguno de los títulos. La mayoría eran libros descatalogados, antiguos y de segunda mano. Le habría gustado entrar, casi más que a mí, de no ser por el dichoso café. A decir verdad, a mí tampoco me apetecía demasiado entrar con ella. Igual por eso precisamente me paré. Qué más da.

Volví antes de que se diera la vuelta y continuamos nuestro camino. Allí estaba la sala. Me adelanté para comprar las entradas, le debía más de una. Déme dos para cualquier película en versión original subtitulada, pensé. Pero, por suerte, recordaba el nombre de la que ella quería ver. Extendí las entradas al portero, un tipo peculiar. Probablemente el establecimiento habría pertenecido a su abuelo y él se habría criado ahí, sin saber siquiera si alguna vez fue lo que quiso. Partió las entradas por una esquina y me las devolvió sin levantar la mirada ni dar otra calada al cigarro que sujetaba entre los labios. Por un segundo, creí compartir más de una inquietud con aquel hombre.

Llegamos a la sala 3 y yo le abrí la puerta. Ella me miró, sonrió y me dio un beso. Entró y yo la seguí, y dejé caer a nuestras espaldas la puerta y las entradas que acababa de comprar. Todo se hizo oscuro y aquellos pequeños pedacitos de papel rosa rugoso se perdieron. Aquellos no irían a parar a esa cajita de madera que ella tenía en la cómoda de su habitación. La película, sin embargo, no estuvo mal.

Cinco eternos minutos

Ésa fue una noche de contrastes. Hubiera podido pasar horas buscando la frontera entre tu pelo negro y el cielo de no ser porque la luna brillaba con una intensidad inusual. La misma batalla estaban librando tus ojos con las estrellas. Ellos negros, ellas ardientes. Ellos también. Esa noche no conducía yo. Tú tampoco. En el taxi había sitio de sobra pero ambos habíamos elegido el mismo lugar. Lo curioso es que no recuerdo, ni me importa, el sitio al que íbamos. El trayecto fue corto, dicen, pero yo podría haberme quedado a vivir en el cruce de nuestras miradas. Hoy sería inmortal. Confieso que aparté mis ojos de los tuyos durante unos segundos porque no sabía qué decir. Me perdí en la oscuridad del cielo y un montón de frases sin final. Pero tu sonrisa me devolvió a tu cara. Lo sabías, así que yo sonreí también, mordiéndome los labios, y te descubrí haciendo lo mismo. Tus ojos, ardientes; tus labios, también. El taxímetro detenido y ninguna palabra el aire, sólo deseo. ¿Bajamos? Da igual, este momento será eterno, hagamos lo que hagamos.

Magenta

Un día volveré a aquella calle. Ni siquiera recuerdo el número, pero sabré llegar. Cogeré un avión, luego un tren, y llegaré a la estación. De allí a tu puerta todo será cuesta abajo. Llegaré, la encontraré y me pararé frente a ella. Pero antes de subir pasaré por el italiano de la esquina. Me sentaré unos minutos y pediré una botella de vino, para llevar. Y volveré. El timbre estará roto, no vivirá nadie, pero yo treparé.

Abriré tu ventana y me quedaré allí, de pie, junto a ella, mirando hacia tu puerta. Ésa por la que tantas otras veces había entrado con mi maleta. Ésa en la que tantas otras veces me había despegado de tus abrazos para salir con mi maleta. Ésa, la misma, por la que entraste tú una noche de septiembre y me encontraste de pie, esperándote. Ésa.

Y pasarán los minutos. Y yo seguiré de pie, esperándote, en vano. Y cuando mis recuerdos te hayan visto entrar y salir más de cien veces, cogeré un cojín y me sentaré en el suelo, porque allí no quedará nada. Me sentaré y todos los rincones de aquella habitación me sabrán a vino. Las esquinas, la chimenea sellada, el armario improvisado detrás de la ventana y las cortinas blancas. Todo me sabrá igual. Y sobre los desconchados de la pared te proyectaré con tus más de mil sonrisas. Las que te vi y las que te escuché cuando no estaba. Y cuando de las proyecciones empiecen a brotar lágrimas y se tornen borrosas, buscaré el rincón en el que estaba tu cama y me arrastraré hasta allí. Dejaré la botella vacía de pie y me tumbaré boca arriba.

Será difícil mantener los ojos abiertos y no dibujarte en el techo. Será difícil mantener los ojos abiertos. Pasaré mi mano izquierda por detrás de mi cuello y apoyaré la cabeza en el brazo, cerca de la estrella. E imaginando que me aún me acaricias el pelo y las canas desaparecen, me dormiré. Pero esta vez, no te soñaré.

Volveré y, allí, me quedaré.

 

La noche que octubre empezó

Desgraciada imaginación, ¿a qué has venido? Déjame, déjame en paz. Esta noche no estoy para soportarte. Vete por la ventana. Esa ventana en la que te imagino. No…

Vuelves a ser la compañera más fiel de la noche contando los coches que pasan por tu calle. Uno detrás de otro. Sólo se te escapan algunos cada vez que te giras para mirarme con ese esbozo de sonrisa que se adivina en tu cara. Pero te mantienes seria. Aún tienes el teléfono en la mano y la conversación a medias. Igual que mi cerveza Amsterdam. Vaya lata, podrías estar hablando durante horas que yo seguiría admirándote y mi lata por la mitad, cada vez más caliente. Mires donde mires, esta noche estás genial.

Venga, que no lo decía en serio, deja ya el teléfono. Sé que lo estás deseando casi más que los 1500 kilómetros que he recorrido para verte. Me gusta tu habitación. Especialmente que la cama sea tan pequeña. La miro inocentemente y casi con miedo de que me descubras. No soy capaz de contar la cantidad de horas que pasaríamos en ella. Ni días, semanas o meses. Ni risas, besos, abrazos, sueños, lágrimas, botellas de vino y ganas. Muchas ganas. De todo.

Maldita sea, cuelga de una vez y cierra esa ventana, que cada coche remueve un poco más el aire y está entrando el frío. Corre las cortinas, pero deja las opacas recogidas. Adoro que no tengas persiana. Mañana el sol dirá.

 

Y el sol me dijo que perdiera el avión. Y que contase los coches que pasaban por tu calle, contigo, una noche más.

Viento

Ha vuelto el viento. Ese viento maldito que agita los árboles, los pone nerviosos. Es como si quisieran bailar juntos, pero no llegan nunca a tocarse. Así se inquietan más. Al final se enfadan. Condenado viento, que remueve las palabras y susurra para que no se le entienda. Que despega las hojas muertas del suelo y las apila en la puerta de mi casa.

Viento egoísta, que trastoca todo.